sábado, 30 de julio de 2016

La batalla más absurda: Karánsebes



Sin duda alguna, el sueño de todo general es ganar las batallas sufriendo muy pocas bajas y causando en el enemigo un grave daño en forma de muertos y prisioneros. Algunos casos así se han dado en la historia, desde la batalla de Cannas (entre Aníbal y Roma) hasta la de Bicoca (entre españoles y franceses). Pero el colmo de este sueño es que tu propio enemigo haga todo el trabajo y se mate entre sí sin que uno mismo tenga que mover un solo dedo. Esto fue lo que pasó en la batalla de Karánsebes, considerada por muchos la batalla más absurda de la historia.
 La guerra Ruso-Turca de 1.787 a 1.792

Selim III, sultán turco en 1.787

Muchos conflictos bélicos son nombrados como guerra Ruso-Turca. Los dos imperios llevaban enfrentándose a intervalos desde 1.568 y no dejarían de hacerlo hasta 1.918, al final de la I Guerra Mundial. Esta a la que me refiero era ya la octava en la que ambos imperios medían sus fuerzas, y aún habrían de hacerlo otras cinco veces más.

En esta ocasión, el enfrentamiento se produjo al intentar el Imperio Turco reconquistar los territorios perdidos en la anterior guerra, producida entre 1.768 y 1.774. En particular, a los turcos les escocía la anexión de Crimea por parte del Imperio Ruso. Esto y algunos incidentes más, agravados por el apoyo a la guerra que los embajadores británico y francés dieron a los partidarios de un nuevo conflicto, hizo que los acontecimientos se precipitaran.

Lo que no sabían los turcos es que junto al Imperio Ruso luchó el Sacro Imperio Romano Germánico, más conocido por su nombre posterior de Imperio Austrohúngaro. Este hecho lo conocieron cuando ya era demasiado tarde, de modo que se vieron en guerra contra dos de los mayores y más poderosos ejércitos de Europa, siendo ellos mismos un gigante con pies de barro que apenas era una sombra de las huestes que algunos siglos antes habían amenazado con conquistar todo el continente europeo.

Llega el ejército austriaco

Situación de Karánsebes

La tarde del 17 de septiembre de 1.788, un ejército austriaco de más de 100.000 hombres acampó cerca de la orilla del río Timis. El Emperador José II había decidido que ese era el lugar ideal para enfrentarse al ejército turco que marchaba contra la fortaleza de Vidin. Los austriacos habían dejado la ciudad de Belgrado unos días antes y esperaban ocupar una posición de bloqueo en la orilla de dicho río a su paso por la ciudad de Karánsebes, cerca de la actual Timisoara en Rumania. Se esperaba una noche tranquila sin presencia de enemigos por la zona.

El ejército imperial estaba formado por unidades de todas las partes de su territorio. Había serbios, italianos, rumanos, húngaros… La mayoría de ellos no hablaban alemán, lengua del Imperio, luchaban bajo sus propios estandartes y eran dirigidos por oficiales de su misma nacionalidad. Las tropas eran coordinadas desde el Estado Mayor, de forma que pudieran combatir juntas unidades que a ras de tierra no tenían forma de comunicarse entre ellas. Era una especie de torre de Babel con sables y mosquetes que en campaña eran difíciles de dirigir y de dominar.

Como era usual en aquella época, se mandó un contingente de caballería ligera para que vigilara la zona y previniera la posible presencia enemiga. La unidad elegida para esta misión de exploración fueron los húsares, con sus llamativos uniformes y sus siempre despiertas ganas de juerga.

Los gitanos

Representación de un húsar

Los húsares cruzaron el río y no vieron ni rastro de presencia enemiga. Lo que sí encontraron fue un grupo de gitanos valacos que comerciaban con el licor local, el schnapps. Supongo que los soldados pensaron que por una copa no pasaría nada, así que empezaron a beber. A una copa siguió otra y los húsares acabaron comprando todos los barriles de aguardiente dispuestos a dar buena cuenta de ellos.

Convertido el pueblo en una especie de cantina, los húsares empezaron a confraternizar con la población civil. Al fin y al cabo, estaban en vísperas de encontrarse con el ejército turco y había que disfrutar de la vida mientras se pudiera. Para cuando el mando austriaco empezó a alarmarse por la tardanza de los húsares y envió una unidad de infantería para ver qué pasaba en la otra orilla del río, los húsares estaban lo bastante borrachos como para detener ellos solos a todas las fuerzas del sultán. O al menos, como para fanfarronear con hacerlo.

La unidad de infantería enviada a ver lo que ocurría se encontró a unos húsares medio ebrios y de fiesta con los habitantes del pueblo. No sé si aliviados o enfadados por haber tenido que ir, exigieron ellos también participar del jolgorio y poder beber de los barriles comprados por los húsares. Estos, naturalmente, se negaron a invitarles. Al fin y al cabo, el licor lo habían pagado ellos y no estaban dispuestos a desperdiciarlo de esa manera. La discusión fue en aumento y los gritos llenaban el aire, de modo que algunos húsares empezaron a construir una barricada alrededor de los barriles de aguardiente.

“¡Turci, turci!”

Infantería austriaca

En medio de aquella tangana, entre gritos, empujones e insultos, alguien tuvo la feliz idea de disparar un tiro al aire. Supongo que lo haría para calmar los ánimos, pero lo que consiguió fue justo lo contrario. El caos se apoderó de la ciudad y los civiles, pensando que había sido un francotirador turco, se refugiaron en sus casas al grito de “¡turci, turci!” (“¡los turcos, los turcos!”). Los soldados empezaron a alarmarse, porque a diferencia de unos minutos antes, enfrentarse ellos solos a todo el ejército otomano no era una opción.

Algunos húsares montaron en sus caballos y salieron a la carrera hacia el campamento austriaco. Los soldados, al verlos, pensaron también que el ejército turco se acercaba y los siguieron tan rápido como podían. Los oficiales alemanes trataban de retenerlos al grito de “¡Halt, halt!” (“¡Alto, alto!”), pero muchos entendieron “¡Allah, Allah!”, el grito de batalla otomano, así que la desbandada se generalizó. Ahora todos se dirigían a toda leche al campamento imperial, en medio de un caos generalizado, y pensando que los turcos les pisaban los talones.

El caos se adueña de la situación

Escudo Imperial austriaco

Una unidad de caballería cercana al puente sobre el río Timis escuchó los sonidos de galope que venían en su dirección y vio un grupo de tropas gritando lo que parecía “¡Turci, Allah!” viniendo a su encuentro. Pensando que era la avanzadilla turca que les atacaba, cargó contra ellos mientras disparaban sus armas. Los que iban hacia el campamento, por supuesto, les respondieron. Se disparaban los unos a los otros pensando que los turcos eran los de enfrente. Hay que tener en cuenta que la tarde estaba cayendo y las sombras complicaban el reconocimiento a cierta distancia. Ocurrió entonces algo que precipitó los acontecimientos: el ganado y los caballos, asustados por el ruido que se acercaba, entraron en pánico y rompieron las vallas que les guardaban huyendo a la carrera en todas direcciones.

Aquella estampida produjo un ruido muy parecido a una carga de caballería. El campamento entero, a la luz menguante del atardecer, cogió sus armas. Para todos estos soldados, sobrios como estaban, los disparos, los gritos y el ruido de caballos galopando sólo podían significar que los turcos les atacaban por sorpresa. Así que todos empezaron a atacarse entre sí. La caballería atacaba a la infantería sable en mano, estos les respondían a tiros y a su vez eran atacados por los disparos de otras unidades de infantería. Las unidades atacaban a los que creían turcos y eran respondidos por otras unidades que creían que los turcos eran ellos. Todos eran enemigos de todos, y pronto todo el ejército imperial se encontraba enzarzado en una lucha fratricida donde no había forma de que nadie pusiera orden. La juerga de disparos y estocadas había comenzado y pronto llegaría a su apogeo, pero sin duda el gran espectáculo final estaba por venir.

La gran traca

Representación de la batalla de Karánsebes

Los fuegos artificiales (nunca mejor dicho) en toda esta juerga los pusieron, cómo no, las unidades de artillería. Los oficiales artilleros, ya en plena oscuridad, empezaron a disparar hacia el ruido de carga que oían por todas partes. Lo hicieron continuamente durante varias horas pensando que los turcos los atacaban de noche, y temiendo que en cualquier momento la caballería otomana los pillaría por sorpresa en las tinieblas. Bombardearon sin piedad y sin hacer distinción de tirios ni troyanos, o en este caso, de austriacos y austriacos.

Mientras el ejército imperial se masacraba entre sí, el Emperador José II salió de su tienda y, seguido por sus generales, montó a caballo y galopó hacia el río Timis. En medio del desconcierto, y mientras su guardia trataba de protegerlo de sus propios soldados, se dice que su montura lo tiró, yendo a parar a las frías aguas del río. Allí, completamente empapado, contempló cómo su ejército se destrozaba a sí mismo sin piedad. Al cabo de poco, los ya enloquecidos soldados se dispersaron en pequeñas bandas que disparaban a todo lo que se movía, creyendo que los turcos estaban por todas partes. Así se sucedieron las horas de batalla hasta que en un momento dado todos decidieron que había llegado el momento de emprender la huida.

Paisaje después de la batalla

José II de Habsburgo, emperador austriaco

Dos días después, el 19 de septiembre, los turcos llegaron a Karánsebes y se encontraron la mayúscula sorpresa de 10.000 soldados imperiales muertos o agonizantes al otro lado del río. Alguien les había hecho el trabajo, pero no sabían quién ni cómo. Supongo que pensaron que lo mejor de todo es que ellos no habían tenido que pegar ni un solo tiro para conseguir derrotar a los austriacos. Poco después, y todavía estupefactos, tomaron fácilmente el pueblo y el paso del río. Un par de años después moría el Emperador José II, quien mandó poner en su epitafio: “Aquí yace José II, que fracasó en todo lo que emprendió”.

La batalla de Karánsebes es conocida como la mayor derrota militar auto infligida de la historia. Muchos han puesto en duda que se produjera en realidad, pero el episodio está narrado en el propio “Magazine Militar Austriaco” de 1.831. Existen asimismo referencias en varios libros militares en los que se hace hincapié, cómo no, en la estupidez humana como factor militar decisivo. En cualquier caso, y a la luz de los acontecimientos, sí que podemos considerarla como la batalla más absurda de todos los tiempos. Y es que, al final, los musulmanes tendrán razón cuando dicen que el alcohol es malo.